lunes, 31 de octubre de 2011

Capítulo 7

Amanecía. Me asomé a la ventana y vi cómo las grandes gotas de agua inundaban el cristal de la ventana. La abrí. Notaba cada gota caer en mi piel. Hacía frío. Definitivamente, el otoño había llegado.
Volví a la realidad. Cerré la ventana rápidamente. Por suerte no me había mojado mucho el pelo. Fuí al baño a secarme. Me metí dentro y cojí una toalla. Me estaba secando cuando la puerta se abrió. Era él. ¿No sabe llamar antes? Ah, no, espera, había dejado el pestillo sin echar. Mierda.
Pero allí estaba él, sin la camisa del pijama, con una toalla al hombro. ¿Cómo se le ocurre andar así por la casa? Había que reconocer el el chico no estaba mal, estaba muy bien. Me gustaban aquellos músculos de sus brazos, tan bien marcados. Pero aún así era una grosería que entrara de tal modo en el baño.
-¡Aaaah! ¿Estás loco o qué? ¿Cómo se te ocurre abrir la puerta sin llamar antes?- Dije alporizada tapándome con la toalla. No quería que me viera en pijama.
-¡Lo siento muchísimo, Agathe! No te quise asustar. No son maneras de entrar en un baño. ¿Qué haces levantada tan temprano?- Dijo él, parecía arrepentido.
-Pues oí llover, me asomé a la ventana, me mojé y me estoy secando. Por cierto, ¿te levantas tan temprano? Además, es sábado.- dije yo, extrañada.
-Depende, normalmente, sí, porque como tú te bañas un poco más tarde, es para no molestarte.- Soltó Peter. Pobrecito, madrugaba tanto para no molestarme. Que encanto.
“La Luftwaffe alemana efectuó anoche un ataque de gran envergadura contra nuestra capital como represalia por la incursión llevada a cabo por la RAF sobre Berlín.
Numerosas escuadrillas arrojaron, en sucesión ininterrumpida, enormes cantidades de bombas explosivas de todos los calibres así como numerosísimas bombas incendiarias.
Puede haber discrepancias sobre si fue o no fue el de anoche el peor bombardeo de Londres desde el punto de vista de los daños, del número de casas destruídas y del número de víctimas. 685 bombarderos, dos mil incendios y un millar de muertos. Pero lo cierto es que, en una sola noche, el West End (Extremo Oeste) de Londres no había sufrido hasta ahora tantas devastaciones. En lo que todo el mundo coincide es que fue la noche más estrepitosa que ha conocido Londres.
Apenas se hizo de noche y, cuando la gente se disponía a cenar, sonaron las sirenas. Otra vez las sirenas. Los londinenses llevamos unos días acostumbrándonos a las noches de cañón más que a las de bombas. Ha sido un noche roja...”
En el comedor, mientras desayunábamos, todos atendíamos a la radio. Papá tenía un semblante de preocupación. Mamá cojía de la mano a papá. Peter miraba al suelo. Era terrible. Mis amigas. ¡Algunas vivían en el West End!
¿Qué sería de ellas? ¿Y Edward, lo habrían evacuado? ¡Oh, Edward, mi fiel amigo, con el que tantas deliciosas tardes había pasado en Hyde Park!
Un par de lágrimas comenzaban a caer por mis mejillas. Rápidamente me fui de la estancia.
-¡Me voy al pueblo, llegaré a la hora de comer!- solté mientras traspasaba el arco del comedor. Oí de fondo a mi madre el típico“ ten cuidado”. Papá sabía lo que me pasaba.
No quería oír más. Mi estómago se había hecho un nudo. Cogí mi impermeable, mis botas y el paraguas. Salí de casa corriendo. Sólo quería estar sola. Salir de allí. Alejarme y perderme.
Corría colina abajo cuando decidí lo que iba a hacer. El paraguas no protegía de la lluvia nada. Miré el reloj. Las 9 y cuarto de la mañana. Lo necesitaba. Me apresuré. Zigzagueaba por las calles del pueblo. Ojalá que aún no saliera de casa aún para ir a hacer los recados que su madre siempre le mandaba hacer los sábados por la mañana. Estaba saliendo por la puerta. Corrí hacia él. Me miraba extrañado con aquellos hermosos ojos azules. Lo abracé. Sentía el calor de su cuerpo contra el mío. Era muy alto. Me abrazaba muy fuerte. Y dijo, tal y como si me conociera de toda la vida:
-Has escuchado la radio, ¿no?
-Sí. ¿Porqué, Joe, porqué? La gente no se merece esto.- Sollocé.
-Lo sé, lo sé. No llores, por favor.- Me suplicó.
-Perdón. Perdoname, Joe. Por esto, por lo de ayer...- Nos moviéramos y comenzáramos a caminar. El cielo había dado una tregua, por fin.
-Ya pasó. No te preocupes.- Joe y yo nos encaminamos a la panadería.
Mientras hacíamos la casi interminable lista de tareas, no hablamos. Las palabras sobraban. Era un muy buen amigo. Al acabar de hacer todo, fuimos a dejar las cosas a su casa. Habíamos hecho las tareas bastante rápido, por lo que fuimos al jardín botánico. Nos sentamos en un banco apartado de toda la civilización que estaba en el parque: madres e hijos, abuelos hablando...
Allí, en aquella esquinita, me sentía protegida de todo.
-Toda esa gente, tantos escombros. Mis amigas. No sé nada sobre ellas. Maldita guerra. Todo era mucho mejor antes. Ahora esto es una mierda. Ojalá viviera en mi propio mundo, apartada de toda preocupación. Quisiera perderme y no encontrar el camino de vuelta. No aguanto más...- Joe me interrumpió:
-No digas eso, Agathe.- Me apartó un mechón de pelo que tenía en la cara suavemente hasta la oreja.- La guerra acabará, no podrá durar siempre. Yo no lo entiendo. No entiendo porqué a un loco se le dá por tener medio mundo en su poder. No estés triste, por favor. No me gusta verte deprimida, con lo alegre que eres siempre.- Me miraba con esos ojos grandes y con una media sonrisa dibujada en su cara. Su pelo estaba revuelto por culpa de una ráfaga de aire. Se lo arreglé con mis dedos. Le sonreí. Siempre me sacaba una sonrisa. ¿Porqué era tan optimista? Lo adoraba.- Por cierto, me he enterado de lo del señor Douglas. Fue una pasada.
-Gracias. ¿Al final conseguiste a alguien que te ayudara? Yo de verdad quería ayudarte a aprobar.
-Pues al final conseguí que Betty me ayudara.- Mi cara se quedó petrificada. ¿Cómo pudo pedírselo a ella, la chica que me intentara hacer la vida imposible al llegar al pueblo?
-¡¿Qué?! ¡Cómo has podido! Sabes que es la persona a quien más odio en este mundo.- Me miraba con unos ojos de cordero degollado y me apiadé.- Lo siento, eres libre de elegir a quién hablas o no.
-Es que ella vive cerca de casa, entonces... Pero no creas que me hizo gracia pasarme una tarde entera con ella.
-Sabes lo mucho que me molesta, ¿no?- Solté.
-Ya está. No te preocupes.
-Vale.- dije resignada.
-Está empezando a llover otra vez, será mejor que nos abriguemos.- Dijo Joe, mientras abría el paraguas, me rodeaba con los brazos y nos encaminábamos hacía la salida.
-Esta tarde vas al museo, ¿no?- Pregunté, aunque pensaba conocer la respuesta de antemano.
-Pues no voy a ir. He quedado con mis amigos, entre ellos, Peter. ¿Qué haces esta tarde?
-Pues la verdad, no lo sé, estoy indecisa entre llamar a mis amigas o quedarme en casa.
-Ah.-Sonó decepcionado.- Pero mañana vas a la iglesia, ¿verdad?
-Ya sabes que voy de mala gana, como siempre.- Nos reímos.- Demonios. Ya es tarde. Me tengo que ir. Nos vemos mañana. Adiós, Joe.- Me despedí de él con un cálido beso en la mejilla.
-Adiós, Agathe, ten cuidado y no te mojes mucho. Mira aquella nube negra.- Se fue hacia su casa, mientras yo lo observaba.
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Hola a tod@s! Sólo os quería comentar que la parte en cursiva, es decir, cuando habla la radio, que es completamente real, que eso lo escuchó la gente por la radio una mañana de 1940. Me ha costado mucho encontrarlo, pero yo creo que valió la pena. Yo me emocioné al leer todo el fragmento (sólo he puesto una parte), y me esforcé en buscarlo porque quiero que tengáis una ligera idea de cómo vivían los londinenses el día a día, llenos de temor a que cayera la noche, cuando la Luftwaffe, el ejército del aire alemán, bombardeaba sin piedad las ciudades de toda Inglaterra.
Otra cosa, en el texto también aparece el término "RAF". Son las siglas de "Royal Air Force", el ejército del aire inglés.
Espero que estas aclaraciones os hayan servido de algo. Muchas gracias por leerme.
Un saludo,
Paula*

sábado, 29 de octubre de 2011

Capítulo 6

Me dirigía a las casa de los Sullivan. Joe vivía en una casa en el centro del pueblo y, a decir verdad, quedaba un poco a desmano de mi casa. Pero me daba igual. Tenía que hablar con él.
Peté en la puerta un par de veces y me abrió la puerta Elizabeth Sullivan, la madre de Joe. Era una mujer alta, pelirroja y con unos ojos verde mar. Era realmente guapa. Me saludó efusivamente:
-Hola, Agathe. ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Qué tal van las clases? Seguro que van muy bien, que tú eres muy buena estudiante, no como mi Joe, que es un poco vago...- Noté un poco de decepción el sus últimas palabras, quizá hubiera querido que su hijo pequeño saliera tan listo como su hijo mayor, Harry, que estaba estudiando en Oxford.
-Pues la verdad es que sí llevaba tiempo sin verla, señora Sullivan. ¿Ha llegado Joe a casa ya?- Pregunté cordialmente.
-¡Oh! Acaba de llegar hace unos 5 minutos, querida. Pasa y hablas con él.- Entramos por la puerta y vi un acogedor recibidor, con un perchero y una mesita con un teléfono.- ¡Jim! Ha venido Agathe a hacernos una visita. ¡Joe, baja un momento!- Elizabeth avisó a su marido también de mi llegada, y no sabía porqué. Jim Sullivan se encontraba en el salón, absorto en un libro, acariciándose el bigote. Joe bajó, y en su cara se dibujó una sonrisa de oreja a oreja.- Agathe, Joe, os dejo solos para que habléis.- Ella y su marido nos dejaron el salón para nosotros solos.
-¡Agathe! ¿No llegas un poco temprano? Aún no he almorzado.-Dijo él, extrañado.
-Verás, Joe, es que me han castigado a mi y a Peter. No podré ayudarte. Lo siento, lo siento muchísimo, de veras.
-¿Pero qué habéis hecho? Bueno, prefiero no saberlo. No te preocupes, ya le pediré ayuda alguien.- Dijo él, pero lo noté muy decepcionado.
-Lo siento.- Insistí.- Me tengo que ir. Chao.- Y le di un dulce beso en la mejilla, esperando suavizar el asunto.
-Hasta luego, Agathe.- Cortó él.
Me dirigí hasta la cocina donde se encontraban los padres de Joe y me despedí de ellos. Joe me acompañó hasta la verja, y me siguió con la mirada hasta que desaparecí por una calle.
Debía apresurarme, pues debía comer, ir hasta la escuela, cumplir mi castigo y después explicarle todo lo ocurrido a mi padre. Lo último era lo que más miedo me daba. A saber lo que nos diría.
Llegué a casa y almorcé lo más rápido que pude. Tras lavarme los dientes corrí colina abajo hacia la escuela. Joe ya habría llegado ya, pues no me lo encontré ni por el camino ni en casa. Lo que sí me encontré fue una marabunta de niños y de madres en la puerta de la escuela, ya que los niños pequeños salían más tarde que los mayores. Allí estaba: mi madre con mi hermano, George y Amelie. Me dieron envidia. En esos momentos deseaba volver a mi infancia y olvidarme de mis problemas. Pude esquivarlos sin que me vieran, no quería dar explicaciones aún de lo sucedido.
Recorrí los pasillos, ahora desiertos, hasta llegar a la biblioteca. Allí estaban ellos, todas esas personas que querían consultar algún libro para algún trabajo o hacer los deberes.
Pero allí en el fondo, en una esquina, en una mesa estaba sentado Peter. Creo que estaba enfadado, pero no estaba segura. Yo sí que estaba enfadada con él, ya que por su culpa ahora estaba Joe enfadado conmigo. No tenía ganas de hablar con él, por eso me senté en una mesa separada.
He de decir que ya conocía los castigos del señor Douglas, porque una vez Lauren y yo estuvimos hablando tanto en una clase que nos mandaron al despacho del señor Douglas. ¿Y sabéis qué? Que sólo nos mandó hacer unas copias escribiendo: “se va a clase para atender, no para hablar con los compañeros, porque para eso ya está el patio.”
Y llegó el subdirector. Se acercó hasta nuestra zona y el resto del mundo se quedó mirando curiosos hacía nosotros:
-Vais a hacer cien copias que pongan lo siguiente: “ las muestras de cariño en un pasillo son de muy mal gusto, y menos en unos muchachos de dieciséis y diecisiete años”.- Dijo él. Me encendí. Él no era quien de decirme lo que debía o no hacer. Por eso le solté:
-¿Sabe?, usted no es quien de decirme a quien abrazo o no. Porque que yo sepa, éste es un país libre, ya que el primer ministro, Churchill, es un hombre liberal. No va usted a conseguir nada haciendo esto, se lo digo de antemano.- Me pasé un poco, bueno, demasiado. Y las consecuencias de mi acto vino enseguida:
-Así que es usted una rebelde. Pues esto le va a costar caro, no lo dude. Empiecen a escribir. Voy a hablar con su padre.- Abandonó la estancia.
Tan pronto como cerró la puerta comenzaron los murmullos hacía nosotros. Peter se acercó a mí:
-Qué coraje tienes, Agathe. ¡Eres magnífica! Pero nos hemos metido en un lío muy grande.- Me miró con unos ojos llenos de felicidad.
-No me lo recuerdes. Pero hablo yo con mi padre, ¿vale?
-Vale.- Tan pronto como dijo eso abrió papá la puerta.
-Agathe, cariño, sal afuera un momento, por favor.- Dijo mi padre dulcemente. Salí y mi padre comenzó a hablar.- ¿Qué habéis hecho Peter y tú?
-Nos abrazamos porque el me dio las gracias.- Dije cabizbaja, pensando en que papá me fuera a gritar.
-Pero cariño, no ves que eres una futura duquesa.- Sí, lo de que yo heredaría de mi padre el título de duquesa no me hacía ninguna gracia, ni tampoco alardear de ello. Por eso era Lady Agathe Perkins. Papá me miraba lleno de orgullo hacia mí.- Y una persona como tú no puede hacer esas cosas en en pasillo, solo por la simple razón de que el señor Douglas tiene como un sexto sentido para dectectar esas cosas .- Me extrañó que no me riñera. Quedaba lo de mi contestación .- ¿Sabes? Te felicito por una parte. Hiciste bien al dejarle la situación de libertad de la que todo el mundo tiene derecho. Pero no debiste hablarle con ese tono al señor Douglas.
-Lo siento, papá, de verdad. No volverá a pasar. ¿Seguimos castigados Peter y yo?
-Teniendo en cuenta que estáis arrepentidos, no, os levanto el castigo. Entra adentro y dile al subdirector que venga un momento. Hice tal y como me dijo mi padre y a los cinco minutos entró el señor Douglas y dijo:
-Esto no se va a quedar así. A la mínima los castigaré. Ahora váyanse.
Así, Peter y yo salimos victoriosos de la biblioteca. ¡Que les dean a los que murmuraban sobre nosotros!

lunes, 17 de octubre de 2011

Capítulo 5

Lunes por la mañana. Peter y yo nos encontrábamos traspasando el umbral de la verja de la escuela. Ver a Betty, la buscona del colegio mirándome a mi con una cara de “cómo ella puede estar acompañada por ése”, me encantó.
Por donde Peter pasaba, todas las niñas lo seguían con la mirada, y yo me reía con el al ver las caras de bobas que ponían.
Ejercí de guía hasta el recreo, en el que él se fue a hablar con el jefe de estudios; y yo fui junto mis amigas. Tan pronto me vieron aproximarme, gritaron a coro:
-¡Qué guapo es!
-¿No me digas? No me había dado de cuenta.- Dije irónicamente.
-¿Cómo se llama?¿Cuántos años tiene?¿Es inteligente?¿ Y es simpático? Cuéntanoslo todo.-Dijo entusiasmada Lauren.
-Despacio, chicas. Se llama Peter. Tiene 17 años e iba a la parte masculina de mi escuela en Londres. Es muy inteligente, ávido, es sensible, simpático y muy amable. Tiene dos hermanos, Amelie y George. Peter duerme en la habitación contigua a la mía, y el otro día me llevó a pasear en la barca del estanque.¿Qué os parece?
-Dios,¡lo queremos conocer!- Gritó Molly.
Les conté nuestra conversación. Había que verles es rostro de entusiasmo que tenían:
-Bueno chicas, me voy, que tengo que volverlo a acompañar. ¡Hasta luego!
Lo esperé enfrente de la puerta del despacho del señor Douglas, un irlandés que, según él, su sangre era “totalmente pura”, y era muy refinado en sus modales. Cuando Peter salió,me dijo con un tono de alivio:
-Gracias por sacarme de ahí. No aguanto más la voz de ese hombre.
-Pues mientras no te acostumbres vas a tener charlas varias veces por semana.- Le sonreí.
-Muchas gracias por todo, Agathe. Sé que lo que te estás perdiendo, si no quieres, no tienes porqué acompañarme.- Añadió serio.
Un impulso recorrió todo mi cuerpo y sentí la necesidad de abrazarle.
-No hay de qué.- Dije mientras nos abrazábamos muy fuertemente. No lo quería soltar. Y parecía que el tampoco. Era tan hombre. De pronto, una voz estridente nos cortó. El señor Douglas. Rápidamente nos separamos.
-¿Qué hacen ustedes aquí, en el medio del pasillo, haciendo muestras de cariño? Señorita Perkins, como se entere su padre de esto...
-Señor, yo sólo le estaba agradeciendo a la señorita Perkins su amabilidad al integrarme en este lugar.
-¡Oh, que bonito! Están ustedes castigados. Pasen a las dos y media por la biblioteca. Sean puntuales y lleven pluma.-El señor Douglas se fue, y Peter y yo nos reímos al verlo alejarse con sus andares toscos por culpa de su sobrepeso. Lo alimentaban bien...
-¿Señorita Perkins?- Pregunté asombrada, vale que yo fuera Agathe Perkins, pero ningún muchacho me había llamado por mi apellido.- Estás muy tranquilo. ¿Sabes? Hoy había quedado para estudiar con Joe. Tendré que decirle a Joe que no puedo ayudarle por culpa de un desgraciado. ¿Y qué nos dirá papá?- Sentencié malhumorada.
-Lo de tu padre me lo dejas a mi.
-¿Por qué? Sólo por que seas un hombre no te hace lo suficientemente importante para arreglar las cosas con MI padre.
-¿Qué pretendes diciéndome eso?- Soltó él.
-Que tú y yo lo arreglemos esto juntos.
-Venga, vamos a clase.- Dijo Peter al sonar el timbre.

lunes, 3 de octubre de 2011

Capítulo 4

El domingo por la mañana los niños los niños estuvieron hasta la hora de comer deshaciendo maletas.
Por la tarde bajamos al pueblo. No me apetecía nada estar con todos ellos. Me fui al museo de historia natural. Sí, aquel fascinante lugar en el que trabajaba de voluntario Joe los fines de semana. Me encontré ante aquella hermosa fachada de aquel edificio. Entré y de pronto me vi rodeada de animalitos disecados.
Una voz conocida sonó a mis espaldas:
-¡Agathe!¡Cuánto tiempo sin verte!¿Sabes que te he echado mucho de menos?- Dijo Joe mirándome.
-Lo sé. Tenía la idea de venir ayer pero llegaron los nuevos habitantes. Los londinenses tienen muchas necesidades.- Dije.
-No olvides que tú eres una de ellas.- Me reí. Tenía razón. Era una londinense de los pies a la cabeza, pero ya me había olvidado de ello.
-Pero vivir en un lugar como este me hace más feliz que en Londres. ¿En qué lugar de la explicación quedamos el otro día?
-Mm...Creo que hoy tocan los peces.-Dijo Joe.
-Tienes hora y media, ¿vale?
Y tras una charla sobre tiburones y otros bichos marinos, Joe acabó su conferencia y decidimos salir fuera. Estaba dispuesto a agotar su descanso para acompañarme a casa, pues ya habían pasado dos horas y mis padres habrían vuelto a casa. Durante el camino ha y Joe me confesó que había suspendido un examen de lengua y tenía que recuperarlo. Me dio pena y me ofrecí ayudar.
-¿De verdad?¡Agathe, eres la mejor!- Dijo él con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pues mañana te acercas a casa por la tarde, ¿vale?- Le dije, mientras llamaba a la puerta.
-¡Perfecto!
De repente, Peter abrió la puerta.
-¡Ah! Hola Peter. Éste es Joe. Joe, éste es Peter.- Ambos se estrecharon la mano, aunque vi a Joe un poco receloso.- Bueno Joe, ya sabes, mañana.- Nos despedimos y yo entré en casa y le pregunté a Peter- ¿Te ha gustado el pueblo?
-Sí, pero he notado tu ausencia.
Lo ignoré, me excuse diciendo que tenía que preparar las cosas para clase y no paré de darle vueltas a lo que me dijo en toda la noche.